
Iban a la guerra y pretendían olvidar su existencia. Luchaban, morían, y en un fugaz instante final comprendían su destino.
Sentada es el sillón del living Blanquita miraba su programa de cocina. El paciente cuchillo del chef despedazaba con filoso placer los pedazos de verdura. De la tabla de picar a la olla de agua hirviendo.
-Cada vez el chef usa más ingredientes para hacer una simple sopa de verduras.
-Cambia mami, no me gusta la sopa.
Quedó allí, tendido en la suave pendiente de la colina, junto a muchos más, junto a cientos de cuerpos mutilados.
- Pera viejo… ¿a ver que le mete? ¿Qué es eso blanco? Será hinojo…apio…
Era un muerto singular, ya nadie recuerda desde cuando.
-Mami me parece que el pollo esta viejo. Mirá… tiene pintitas verdes.
-Son los condimentos, mi vida.
El sol y la lluvia, las aves carroñeras y los gusanos socavaron túneles en la carne muerta de sus compañeros, fundiéndose lentamente en la tierra. Pero él no, su cuerpo resistió la podredumbre y nadie entendió el macabro portento.
-Todos esos boniatos están abichados o por ahí los masticó alguna ave. Suerte que el chef recuperó uno.
En la colina, su mano plácida yace extendida, abandonó su espada, entre sus dedos crece la hierba y él persiste.
- Se le piantó el cuchillo a la olla. Este potz no tuvo mejor idea que meter la mano en el agua caliente para sacarlo, salió el dedo lleno de acelga. Qué mala impresión me dan los programas de cocina moderna viejo.
Él, recostado en el suave declive, observaba con las cuencas vacías de sus ojos, la alternancia del sol y de la luna durante incontables ciclos.
-Ahora para darle gusto le pone una cabeza de pescado ¡vaya a saber desde cuando la tiene guardada!
Si Petrona lo viera…
Aida Rebeca Neuah
Las oraciones resaltadas pertenecen al cuento
"El Muerto en la Colina" de Jorge L. De Abreu.